ALGO MÁS SOBRE EL Cid y la poesía Juglaresca.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Sostiene el ilustre historiador y académico que no debemos desvalorizar la Reconquista, como algunos que piensan que los hombres del tiempo del Cid no aspiraban a ningún fin remoto: batallaban por instinto, para ganar su pan de cada día, luchaban por las dos leguas de terreno que tenían delante y por el menudo afán del momento, faltos de un ideal directivo.
Pero esta desvalorización enfoca como primer término, los encuentros fronterizos de apocada particularidad y cierra los ojos a perspectivas más amplias; por cima de esos encuentros se desarrollaba la verdadera Reconquista, inspirada en ideales nacionales perfectamente claros y regida por diversos principios políticos, según las épocas: las graves dificultades que ofrecía la disputa de mundo entre el Islam y la Cristiandad a lo largo de todo el Mediterráneo ponian en juego a cada paso más complejidades que las que podian columbrarse en las dos leguas de tierra ante los ojos. De todo esto nos informa la vida del Cid.
Castilla, sobre todo desde el siglo XIII, sobresalió entre las otras comarcas hermanas por ver las cosas que atañen a la vida total de España con una vehemencia y generosidad superiores, y es cierto que, desde el siglo XV, logró y dirigió la unificación política moderna.
Existe el especial defecto ibérico de frecuente limitación o torpeza para sentir el interés colectivo: en todo tiempo el sentimiento unitario nacional muestra aspectos confusos o débiles.
Este concepto no fue una creación arbitraria de los romanos, antes, los íberos habían iberizado a los celtas y demás pueblos no ibéricos de la Península, formando cierta unidad cultural o nacional hispánica.
Después, el Estado único, en que los visigodos reunieron la extrema provincia del Imperio de Roma, es la primera expresión política de la nueva idea de España.
Y esta idea tiene entonces, como su credo, el magnilocuente elogio que San Isidoro hizo de la “madre España”:
“pulcherrima es, o sacra semperque felix, principum gentiumque mater Spania...”.
Claro es que esta idea nacional isidoriana sufre enseguida una crisis gravísima con la invasión árabe. El nombre mismo de Spania está entonces a punto de desnaturalizarse, pues tiende a designar especialmente el país islamizado, por ser éste la mayor parte de la Península, mientras los pequeños Estados cristianos operan en el Norte aislados, por lo común unos de otros.
Pero sin embargo, la invasión y la guerra perenne afirmaban con apremiante agudeza la individualidad de la Península invadida, como un antemural de la Cristiandad; y aun en medio de la rudeza del siglo IX, un cronicón tosco como el Albeldense percibe con toda claridad la gran unidad de “Spania” con ésta su fisonomía especial de entonces: como nación hija de Roma, como continuadora de la monarquía goda en el reino leonés, y como invadida pasajeramente por los sarracenos.
Es, pues, arbitrario negar a la Alta Edad Media española un concepto nacional y una idea precisa de la misión reconquistadora, realizada ésta en s dos reinos, sea aislados, sea en frecuentes coaliciones y alianzas...
Reconozcamos, pues, que un sentimiento hispánico ligaba, ideal, o materialmente, a los diversos centros reconquistadores, desde mucho antes que Castilla, una vez asumida la hegemonía, lograse implatar la unidad política.
Esa Idea Nacional tenía, además, durante la Alta Edad Media, una permanente expresión política en el carácter de emperador que se atribuía al rey leonés, como superior jerárquico de los demás soberanos de España.
No fue, pues, Castilla, sino León el primer foco de la idea unitaria después de la ruina de la España goda.
Después de la destrucción del reino visigodo, al consolidarse el pequeño reino asturiano, los monarcas de Oviedo se sentían sucesores de los godos de Toledo, continuadores de la monarquía total hispana, en parte liberada ya, en parte irredenta aún
S bien no solían tomar más título que el de “Princeps” o “Rex”, vemos surgir un hecho nuevo cuando Alfonso III el Magno (866-910) es llamado por sus hijos o por sus súbditos “Magnus Imperator” o “Imperator Nostro”.
Luego, residiendo ya la corte en León, Ordoño II (914-923) es designado por una crónica como “Imperator Legionensis”, y Ramiro II (930-950), lo mismo que Ramiro III (965-984), reciben también el nombre de “Imperator”, y aun el último de estos reyes lo usa en un diploma suyo, a la vez que en otros toma el título de “Magnus Basileus”.
Los reyes del Norte no son ni filósofos ni matemáticos, ni poetas; a todo más son historiógrafos, como Alfonso III, que dejó fama de erudito, y además fue bibliófilo.
Pero poca ciencia contenía una biblioteca cristiana de entonces...
Tales bibliotecas se componían principalmente de libros bíblicos, litúrgicos o patrísticos (“Comentario al Apocalipsis” por el Beato de Liébana, “Etimologías” de San Isidoro, Donato, Prisciano, algunos comentarios u obras de Aristóteles, Porfirio, Cicerón, Boecio, algún libro de geometría; pocos libros de poesía, Virgilio, Horacio, Juvenal, Ovidio, rara vez aparece algún poema de asunto propio medieval, como la “Disputa del agua, el vino y el aceite&rdquo
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El florecimiento cluniacense del siglo XI, lejos de fomentar, combate este poco de cultura clásica que existía.
San Odón, el reformador, veía en sus sueños ascéticos a Virgilio como un hermoso vaso lleno de sabandijas; todo autor profano vino a ser excluido de las nuevas bibliotecas monacales.
Todo lo que de historia se escribe durante el siglo XI en el reino leonés son las quince míseras páginas en que Sampiro, notario de Alfonso V, por los años de 1018, expuso los sucesos notables de 116 años anteriores.
En cambio, en los reinos de taifas florece la historia más aún que en el califato.
La diferencia no es sólo en el número, sino en la calidad.
El relato de Sampiro es seco, únicamente se fija en lo más general y vago de los hechos, como abstrayéndolos de sus circunstancias de tiempo y lugar; casi sólo destaca el valor de las cosas con adjetivos y adverbios de intensidad.
Muy diferente a la Historia de España en 10 volúmenes compuesta por Ben Haiyán. El historiador cordobés tiene una vigorosa apetencia observadora, da vida los hechos, evocando multitud de pormenores expresivos, tienen para él poder significativo las costumbres, las ceremonias, hasta los ademanes de los personajes.
El rápido crecimiento del Islam, siempre guerrero, lleva consigo los defectos de la precocidad excesiva; su expedita facilidad para acoger los nuevos creyentes le deja extraño a la honda edificación interior que el Cristianismo perseguía.
Su trabazón con los intereses políticos y militares le impurifica en todas las alternativas de fortuna de los Estados, sobre las cuales el Cristianismo se elevaba como pacífico ordenador de sociedades y pueblos.
Por esto el Islam, a pesar de los triunfos bélicos del siglo XI, empieza a marchitar su prematura lozanía en varios de los pueblos asimilados, mientras el viejo tronco del Cristianismo nos sorprende ahora con un período de robustecimiento sobre todos los países de Occidente.
Tras la voraz asimilación de sirios, egipcios, iranios, etc., el pueblo árabe, desprovisto de una cultura propia que imponer a todos, formó con la de todos su gran civilización adventicia, pero no pudo evitar que del seno mismo de su Imperio, sin invasiones como las padecidas por el Imperio Romano, surgiesen muy pronto los nacionalismos de cada país incorporado.
La supremacía árabe no logró mantenerse más de un siglo, y hasta doctrinalmente fue combatida por el Xoubismo, corriente de opinión nacida en Persia que proclamaba la inferioridad intelectual de los árabes con respecto a los musulmanes de otras razas...
Así resultó que los Estados Islámicos de la Península, una vez caído el califato, no tuvieron ningún sentimiento político que los uniese frente a los cristianos, mientras los Estados del Norte alimentaban, en medio de sus rivalidades, una idea unitaria hispánica que daba continuidad y trabazón a sus esfuerzos.
Esta unidad se fundaba principalmente en el poder cohesivo de la Cristiandad, entonces tan vigoroso, en el pensamiento de la Reconquista concebida como empresa común para la restauración de la “gloria y del reino de la nación goda” y en el reconocimiento del imperio Leonés como continuador del Toledano.
l.- época primitiva, hasa 1140:
a) “Crónica Gothorum” ( o seudoisidoriana), escrita en el siglo XI: se cuenta la del rey Godo con la hija del Conde don Julián, muy detallada, novelización , precisión en nombres.
b) “Crónica Silense”, siglo XII, recoge la leyenda anterior y muchos otras francesas.
c) “Crónica Najerense” siglo XII, 1160.
(1) Leyenda del Conde Fernán González, libertado por la infanta Doña Sancha.
(2) La Condesa Traidora.
(3) El infante García, último conde Castilla (luego lo prosifica la “Crónica General” y lo llama “romanz&rdquo
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(4) “Cantar de Zamora”: Vellido Adolfo mata al rey Sancho II de Castilla, que quería cercar a Zamora, donde estaba su amada, la infanta Urraca.
“Leyenda de los Infantes de Salas o Lara”, prosifica en la Primera Crónica General, 1289.
2.- época de florecimiento de las gestas, 1140-1236:
a) “Cantar de Mío Cid”.
b) “Cantar de la mora Zaida”, luego en la “Primera Crónica General”.
c) Fragmento del “Cantar de Roncesvalles”.
d) “Crónica del Tudensa”, resume “La mora Zaida”, “Bernardo del Carpio” y “Peregrinación del Rey de Francia”.
3.- Apogeo, 1236-1350:
a) “Poema de Alfonso XI”, cuarteta octosílaba, dialectalismo descuidado.
Lucha entre “cantares de gesta” y “vidas de Santos”.
Refundición del Mío Cid: dilatada, complicada, más novelesca, menos épica.
La historiografía oficial vuelve los ojos hacia las narraciones de los juglares.
“Primera Crónica” 1289, “Segunda Crónica” 1344, redacción en “romance”.
4.- Decadencia, 1350-1480:
“Crónica de Veinte Reyes”. “Tercera Crónica General”. “Compendio historial” de Rodríguez de Almela (prosificación del Cantar del abad Juan de Montemayor). Gusto pobre, novedades escasas.
1.- Aunque el juglar heredó en gran parte el repertorio de los histriones, mimos y timélicos latinos, sin duda tenía que transformar continuamente esa herencia, para adaptarla siempre al cambio diario de gustos.
2.- Sintieron la necesidad de cantar en el idioma común del auditorio. Fueron los primeros en formar las lenguas literarias de la Romania: ya que trataron de hacer el latín inteligible sin esfuerzo a los oyentes, mezclándolo cada vez más con la lengua familiar e iliteraria.
Juglar fue entonces el primitivo poeta en lengua romance.
Fueron éstos los que elevaron a lengua artística las expresiones vulgares cotidianas, faltas de toda aspiración poética.
Los juglares conciben la nueva poesía como un espectáculo o diversión pública. Era Poesía Popular en el sentido de cultura media, colectiva y no inculta o nacida espontáneamente como grito natural e inmediato del ánimo conmovido.
3.- Otros juglares, atendiendo a la demanda de información histórica del público, que no sabía leer las crónicas latinas, tomaron las narraciones que andaban de boca en boca, sobre sucesos actuales o las crónicas y leyendas de los siglos pasados, compusieron las Gestas y luego los Romances.
4.- La poesía juglaresca mira hacia sus oyentes en el momento de la recitación y desde la Poetización misma.
Ejemplo: el relato va redactado con apóstrofes a su público: “yo vos diré”, “señores”, “aquí veriedes”.
El poeta se siente siempre como rodeado por su público.
5.- Esta poesía, destinada a un público amplio no tiene como primera preocupación el cuidado de lo formal, sino que prefiere apegarse a ciertas formas espontáneas: el asonante y el metro irregular.
a) sobriedad en las digresiones descriptivas,
b) descuido de los análisis psicológicos,
c) no acumula exquisiteces,
d) pone atención en estados de alma más generales,
e) se afana en la grandeza del plan...
Friedrich Schlegel, crítico, lingüista y escritor alemán (1772-1829) anota oportunamente que en el Cid se reflejan las más nobles cualidades: amor a la familia, fidelidad inquebrantable, generosidad magnánima, intensidad del sentimiento, leal sobriedad de expresión, concepto amplio de nacionalidad (la ‘limpia cristiandad&rsquo
. Energía viril, serena y equilibrada. Tratamiento tierno y naturalmente emocionado a su esposa e hijas...
“Un solo recuerdo como el del Cid es de más valor para una nación que toda una biblioteca llena de obras literarias hijas únicamente del ingenio y sin un contenido nacional”.