ELÍAS CARPENA Y SU “CUATRERO MONTENEGRO”.-
Por Guillermo R- Gagliardi.-
(I). Elías Carpena, argentino, 1897-1988. “El cuatrero Montenegro” editado por Ciordia y Rodríguez en 1955, colectánea de relatos.
Asombra la prosa carpeana, su concisión, consecuentemente su solidez sustantiva, el verbo justo. El pincel del psicólogo no falla, en la caracterología de los personajes, en la perfecta y sencilla pintura de las situaciones tensas, en las descripciones camperas: el jinete, el caballo, el espectáculo de corridas, riñas, peones, matarifes, galleros, domadores, reseros, yeguarizos, troperos y cuarteadores.
Luce un estilo “clásico” por un lado. Desde otra mirada, una visión muy argentina. Una ejemplaridad de “arte de escribir”, “en argentino”.
(II). “Fueron llegando los tahúres, acosados por los perros que los acometían con el diente y con el ladrido. Salía Celestino Ursain para cada rezagado, y con gritos amenazadores hacía defensa de su gente de juego contra la perrada indómita.
La noche se hizo oscura. Sonaban los petardos en las vías del ferrocarril al paso del tren y el ruido horadaba la espesa cerrazón y se tendía y acortaba en el bajío arenoso. Se oía el silbar de los patos silvestres que pasaban en vuelo hasta la laguna”.
Fragmento modelo de la mejor Literatura Nacional. Pluma meridiana, adjetivo exacto y síntesis y sensación segura de obra perdurable.
(III). El mundo retratado revela la experiencia vital, intensa y particular, de su autor, sus ojos escrutadores, su mirada sutil.. La agudeza constante, innata, que le hemos conocido a “don Elías” en nuestras charlas con él en la Biblioteca de la Escuela Normal Mariano Acosta, promediando los ’70.
Siempre vestido de impecable traje azul, ya para mí, adolescente, un “prócer” con su cabello cano brillante y su paso cansino, su voz en sordina. Dándonos una charla sobre Estanislao del Campo y su “overo rosao”, del “Fausto”, o relatándome anécdotas durante su desempeño como bibliotecario en el Congreso o en la Biblioteca Nacional...
Momentos alcióneos, circunstancias míticas de una época inolvidable en “la Normal”.
Hombre de libros pero creador y rememorador lúcido de una galaxia literaria nada libresca, plena de vida y aun hoy recuperable.
(IV). Los ambientes evocados en sus relatos son los de su propia mocedad y madurez: rurales, primitivos, de Soldati, Lugano, Morón, La Matanza, Caballito, Flores y Floresta.
Me place citar algunos paisajes descriptos, por la contemplación que generan y el sabor alacre, cuando no amargo, de las acciones:
“Jamás hombre alguno tuvo un recibimiento tan hostil ni dio en un ambiente tan áspero como el cura Juan Bautista. Cruzáronsele a su paso las zarzas y los espinales. Hasta el duraznillo maduro le ofreció los frutos para atosigarlo.
Pisó el bajío una calurosa tarde de febrero, en los instantes de más bochorno, cuando la calandria canta en la umbría y la golondrina busca la sombra vegetal, jadeante y abierto de alas”.
(“El Ángel”).
(V). La naturaleza chúcara en pleno acude a la cita de su fresca pluma. Plantas, flores, animales autóctonos, personas típicas del terreno bonaerense, se muestran en su veraz humanidad, en su cálido o negro retrato (este último, p. ejemplo, en “Mientras las aguas crecen”, las inundaciones y la noche mental, las desgracias de las hermanas Pacheco...).
El eximio escritor se solaza, es evidente, en captar la psicología de los seres y lugares. Es feliz y eficazmente lo transmite al lector, con la acuidad de nuestra mejor literatura:
“¡Cuando se echa en los campos el sol de primavera y canta la golondrina en el aire, llega nuestra dicha!”.
(VI). Junto con la beatitud agreste del cosmos carpeano, aparece también, la tristeza, la tragedia (como en “La sombra del hijo”), el delirio, la soledad, la crueldad y el vicio, la torpeza, la ignorancia, la ferocidad, hasta el milagro... Todos los pinceles de la humanidad profunda.
Asimismo, el autor, sobresale experto en bucear el mundo de los niños y su relación especial con los animales. Dibuja incomparable, ese mundo casi inexplorado, en su intensidad y amplitud de sentimientos y emociones, de la infancia pueblerina, y de la vital adolescencia y juventud:
“De los muchachos que vagabundeaban por el inmenso bajío, nadie tan diestro para arrojar el alambre como Fernán. Gracias a su pulso, a su fuerza y habilidad, diez y veinte, treinta pájaros...los que quería, llevaba diariamente a la madre para guisar. Daba gusto verlo tirar su alambre quebrado en cuatro partes. Observaba la presa con ojos de gavilán que nada deja sin descubrir. Cobraba frente al pájaro una postura de deportista griego. Se ponía firme, rígido; un pie echado adelante y el otro bien atrás. Una vez afirmado agudizaba el ojo, tomaba puntería sobre el brazo horizontal: luego, echábalo para atrás, hacía girar el alambre sobre la cabeza y lo arrojaba contra el pájaro”.
(”El tiempo de las espumas”).
Hermosa coloratura de un personaje original. Impar agilidad y encanto expresivos.
(VII). Memora, recrea los viejos tiempos del sur bonaerense, con perspicacia y fineza: “los cielos”, las construcciones recientes, la enjoyada naturaleza:
“El sol que bajaba bruñía las aguas de los esteros, de las pequeñas lagunas: la laguna grande era un espejo rojo bordeada de cañas y juncos. El agua estaba de fiesta; florecían las cañas, los juncos. Las isletas verdes lucían el rojo y el amarillo de las achiras y un laberinto de enredaderas se extendían arrastrándose por el limo y mostrando sus flores en blanco nevado. A tantas flores acudían las mariposas”.
(“El tiempo de las espumas”)
Naturaleza barroca, salvaje y de sostenidos colores, moviente, americana.
No mezquina la ternura y la emoción humanísima en sus relatos, como en la historia de Demetrio, en “La garza y el niño”, donde sobresalen las delicadas escenas de la caza y muerte del ave por el experto niño. Su sensibilidad, su amor al padre, su fuerza y destreza a pesar de sus escasos años, la ausencia material, el rudo padre, bueno y sufrido. La narración finaliza en horrenda escena de tormenta, viento y frío en el bañado.
(VIII). El ritmo de la tragedia, negra y conmovedora, como el de la égloga pastoril garcilasiana y el de la épica agreste de principios del siglo XX, los cuentos de aparecidos, la historia de Julio Alcántara, “El despenamiento”, igualmente se suceden en la narrativa del autor, bien delineadas, de clara y segura estructura.
Nuestro prominente escritor fue atento investigador y recreador de la Literatura Popular y Gauchesca, los romances, los cantos de los payadores, los clásicos argentinos y españoles (el Romancero, Cervantes, Juan Cruz Varela, Hernández, Sarmiento, etc.) en numerosas conferencias, charlas y artículos en diarios y revistas.
Académico de Letras, su obra preclara mereció estudios especializados de los más destacados eruditos y filólogos (J. E. Clemente, A. Mazzei, A. O. Blasi, etc.). Puede leerse al respecto en mi blog “sarmientisimo”: mis “Tres escritores. M. Puig-De Lellis y E C.” y “E. C. en mi biblioteca” (del 30-1 y 27-7-2010).