miércoles, 09 de marzo de 2011

                          BAROJA:  D. F. SARMIENTO / AVIRANETA.-

 

                                                            Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

 

  • Pío  Baroja (1872-1956)  en su “Con la pluma y con el sable. Crónica de 1820 a 1823” (de su “Memorias de un hombre de acción”, Libro I, cap. IV: ‘Cádiz’) traza un ajustado, sugerente paralelo entre el masón y  militante progresista don Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen (1792-1872), que actuó en el reinado de Fernando VII y de Isabel II,  y el militar y político liberal Rafael de Riego (1785-1823).

 

Avinareta es el protagonista de  su serie  de novela histórica en 22 volúmenes, publicada entre 1913 y 1935: la historia española desde la Guerra de la Independencia, el absolutismo Fernandino, hasta la Regencia de María Cristina.

 

Los dos personajes referidos, con su trascendencia histórica y su peculiar psicología, podríamos asimilarlos en gran parte, a la etapa de nuestra  Organización Nacional desde 1852, entre Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.  Dos fisiologías, dos conductas, dos pasiones, enfrentadas…

 

Volcán de acción el primero, introvertido y conceptual el tucumano. Perspicaz e intuitivo el sanjuanino, “liberal por odios, por simpatías”.

El otro “lo era por conceptos”. Aquél, el héroe barojiano, aventurero y valiente, como nuestro cuyano, “contaba con su voluntad como un muelle fuerte y tenso”.

 

Activo uno, más reflexivo y calculador, contundente en su lógica, el constitucionalista. El maestro de “Argirópolis” actuaba y pensaba desde su Yo titánico, “profesor de Energías”.

Su contendiente filoso de “Cartas Quillotanas”, astuto, estilista y como estilete, como el de “Las ciento y una” eran claros “hombres de probidad y talento (véase “Obras Completas” de P. B., Madrid: Biblioteca Nueva, 1947, tomo III, p. 399).

 

  • “Aviraneta era un político que creía que cada cosa tiene su nombre, y que no hay que  ocultar la verdad, ni siquiera aderezarla” explica Baroja en su “El aprendiz de conspirador”, la primera novela de la serie. Menta así la neta “parrhesía” sarmientesca, su pragmatismo nacional: su anti-retoricismo, “liberal entusiasta”, realista y utópico a la vez.

 

Su lucha, la del “Profeta de la Pampa”, siempre directa, por asentar “ideas útiles”, hechos y costumbres que instalen la vida republicana en América: la instrucción pública, el progreso científico y social, la organización política.

 

Turbulento, impulsivo, genial, Don Domingo vivía en el presente y en el porvenir, planificándolos, alentándolos…, “ejerciendo sus facultades de dominación”.

 

Iconoclasta, evolucionista, en el fondo de su espíritu inmenso, de Sarmiento, como del protagonista barojiano, “brotaba un manantial de energía  que le permitía elasticidad suficiente para no dejarse laminar por la reglamentación estrecha de un pueblo: estaba rompiendo constantemente  el tejido de preocupaciones que forma la vida estancada alrededor del hombre”.

Constituye la acometividad reformadora que siempre lo definió, según lo retrata el escritor vasco en su “Con la pluma…”, cit., cap. VI: ‘La moral del tirano’.

 

Un completo Hacedor Americano: “su pensamiento era siempre dinámico, no podía discurrir sin unir al  discurso una idea de acción, y cuando llegaba a ésta comenzaba a poner los medios para realizarla” (íd.).

 

Un Sísifo cuyano, con ímprobas  y trascendentes labores y pétrea confianza en sí mismo. “Intentar lo difícil, imponerse una tarea ardua y superior a las fuerzas de la generalidad, trabajar como un condenado. Éste era su orgullo” (ib.).

 

Como Aviraneta, Domingo vivía con  la “misma energía que un ciudadano de una república italiana del Renacimiento o que un vecino de París en tiempo de la Revolución”, de acuerdo con juicios barojianos.

Un “cráneo ancho y espacioso”, son palabras del español, con un “mundo.. de sueños de ambiciones y de poder…”.

 

  • Demostramos en otros lugares el Cartesianismo de nuestro Faustino, su utopismo y su pragmatismo paradojales.

 

Coincidentemente el escritor español adjudica esas características a su  especial personaje, dentro de las “Memorias…”, en su novela “El amor, el dandismo y la intriga” (Obras Completas, tomo IV), p. 14, ed. cit.): “marchaba a veces con una mezcla de ceguedad y de lucidez de sonámbulo. Parecía como si  el mapa del país fantástico que recorría lo conociese admirablemente”.

 

El alma sarmientesca conocía nuestros males y sabía cómo solucionarlos. “Su espíritu –agrega justamente Baroja- fértil en recursos, encontraba remedio para todos los males”.

 

Como Domingo, don Eugenio “tenía la base (…) del gran conquistador, la fe en sí mismo, la voluntad tensa…”, y una apreciación clave, muy pertinente para nuestro pedagogo-político: “hacía gala de hablar de una manera libre, cínica, y esto le restaba simpatías”. La “alétheia” de  su discurso, su “libertas”.

 

“Sería indudablemente muy bonito (…) poder mover el molino con aguas claras y limpias; pero no hay corriente bastante, y hay que utilizar las aguas sucias y turbias” –reflexiona el héroe barojiano al modo sarmientino-. “Yo acepto esta colaboración de la letrina; a lo que no llegaré nunca es a la hipocresía y a la mentira   de afirmar que lo sucio es limpio y lo deletéreo, puro”.

 

Sarmiento (1811-1888)  encarnaba el Deus Creator criollo, americano, que tomaba el barro para moldear el hombre, era un constructor supremo… (Baroja, ver “Las mascaradas sangrientas”, de sus “Obras”, ed. cit., t. IV).

 

Como Don Domingo, personalista, también el temperamental  vasco conformaba a un intelectual heraclíteo, “voltario”. “Yo no soy  de los hombres que saben especializarse y permanecer tranquilos en la casilla que les corresponde” se define en el “Prólogo a su “Las horas solitarias”.

 

 

 


Publicado por leonino1950 @ 20:18
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