SARMIENTO Y GABRIELA MISTRAL, MAESTROS DE AMÉRICA.-
Parte II.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Entre el amor obseso por construir la Civilización y el odio a la Barbarie de poncho y de levita, Sarmiento. Amor a la Gloria y al desinterés, una vida esforzada, desprotegida.
Gabriela, entre el gozo y el dolor, la vida de la Naturaleza autóctona y la muerte, el llanto, la traición. Dicha de la infancia / dolor de la adultez, ternura / crueldad de los días terrenos.
Mariano Picón Salas, el humanista venezolano (1901-1965), en su “Visita a Don D. F. S.” (1938) considera al sanjuanino “uno de los más excelsos arquetipos que diera nuestra raza criolla”.
Ello consagra las figuras de Gabriela y Faustino, para nosotros excelentes fecundadores, con su obra, verbo y actos.
Porque “En América siempre hay que ser Maestro de Escuela” afirma el historiador. Y concluye: “La escuela democrática y la noble igualdad que canta el himno argentino, eran las fórmulas de aquel futuro laborioso y pacífico que auspició y contribuyó a crear como escritor y como estadista”.
Con su incomparable “sermo” criollo y sustantivo , la oralidad peculiar de los viejos campesinos de Elqui, hueso de la raza, teje, la chilena, cuerpo de titán araucano y potente alma de “Caupolicana”, su canto al paisaje de Latinoamérica, geografía y humanidad irrepetibles de “los pueblos mágicos”.
Así como Sarmiento alaba la arquitectura aborigen, examina y divulga la terapéutica y la poesía de nuestros indios, “nuestros padres prehistóricos”, compone el panegírico de los sabios argentinos de su época (Ameghino, el Perito Moreno y otros), la zoología y botánica originarias de nuestra suelo…, rabia contra la escuela de los Inmigrantes, desnacionalizadora.
Puede leerse mi “El otro Sarmiento. El Verdadero”,en mi blog “sarmientisimo”, 17 de agosto de 2008.-
La ilustre escritora compara al político y educador mexicano José Vasconcelos (1882-1959), por la verticalidad de su obra, con la sarmientina. Única gesta americana equiparable:
“Lo suyo es gobernar ideas…, Ud., como maestro queda a la par con Sarmiento”.
Esta labor de escolarización popular equivale a “siglos de cultura”, por el adelanto humano, el progreso educativo.
Alaba Gabriela a Vasconcelos y a Sarmiento, sin ambages, yendo a la médula de su pensamiento y acción prometeicos. Representan “un bronce insigne” por lo múltiple que “propulsó para beneficio de la indiada”.
Los santifica por tarea de Sísifos Libertadores. Léase A. Castañón: “Semejanzas de G. en voces de Mistral”, en su “Antología”, de G. M., ed. Academia española, cit.-
G. y D. “veían” lo humano desde lo Trascendente, “sub specie aeternitatis”. Constantes son sus visiones extraterrenas de hechos comunes y concretos: personas, la naturaleza en general, la historia cotidiana y la universal.
Su ojo alcanza otras dimensiones, superiores, infrecuentes.
Seres esxcepcionales, “raros” en su profundidad, sus anticipaciones…
Su realidad interior está unida misteriosamente con la circunstancia cultural, entre su humanidad y el orbe espiritual. Entre la sensibilidad religiosa extrema, el tono doloroso-trágico, elegíaco, la santidad de la Mujer, la miel de las canciones de cuna mistralianas.
En la primera, un “modus” sencillo, sobrio, llano; una sintaxis nada común, un vocabulario y saberes preciosos, junto con un ritmo barroco espléndido (observamos ello, con esplendor, por ejemplo, en su ubérrimo epistolario), especialmente en su poesía. En su prosa, por otra parte, deslumbrante, dúctil, abundan las frases concretas, ricas en pensamientos profundos, los símbolos teosóficos, etc.
En carta a Victoria Ocampo, su apreciada “Votoya”, en 1940, le aconseja:
“Escribe lo tuyo, simultáneamente, no pulas demasiado, atrévete a ser criolla. Acuérdate de Sarmiento (&hellip
y escribe (&hellip
con olvido total de cuanto no esté en tu sangre sino en tus sesos…”.
(“G.M.-V.O: ‘Esta América Nuestra. Correspondencia 1926-1956”, 2007, p. 118).
La prosa a veces magnífica de la escritura sarmientina, muy maciza, ciceroniana.
Una pluma que sabe ser un “látigo” para el caudillo venal, un émulo de Alphonse de Lamartine (1790-1869) o de San Agustín de Hipona (354-430), para tejer la “Historia de mi madre”; un himno whitmaniano para loar los progresos científico-técnicos de América del Norte.
Todos los colores abundan en su inmenso epistolario: cordial, violento, idílico, siempre recorrido por el entusiasmo, el amor a la Mujer y los Niños y a la Escuela, el odio a la Barbarie, la Colonia….
“de la modorra de mi gente chilena emparentada con su gente argentina del tiempo…”.
El “hombre Sarmiento” conjuga en su mensaje innovador y hacedero,
“la cólera hacia la dejadez americana, hecho de ignorancia y de sensualidad”,
Sintetiza finalmente con palabras justas, con juicio irrevocable y vigente, la esencia del terremoto benéfico y libre, sarmientesco, en nuestra América:
“…el desprecio con escupitajo de los mandones de la provincia…”
“el hambre furiosa de la biblioteca pública…” y
“el ímpetu elefantino que empujó la cultura…”.-