SARMIENTO Y RODÓ: Ariel-Calibán /Civilización-Barbarie.-
Primera parte.
Por Guillermo R. Gagliardi.
I.- Víctor Pérez Petit descubría en 1900, en su amigo y connacional JOSÉ ENRIQUE RODÓ (1871-1917, uruguayo), un “pensamiento propio, altivo” en ciernes.
Y “una voluntad de conquistador” y serias lecturas de los escritores argentinos del exilio anti-rosista: Echeverría, Juan María Gutiérrez, Alberdi, DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888).
Escribe Rodó en su “El mirador de Próspero”, 1904:“La tradición intelectual argentina” marca una etapa formativa muy rica en su autodidactismo.
Su carácter, su aprendizaje de nuestra literatura original romántica y liberal, lo acercan espiritualmente al sanjuanino.
Los libros despertadores de esta generación argentina del ’37 estaban en la biblioteca de su padre, el culto comerciante catalán José Rodó y Janer.
Su pensar positivo, su vigor intelectual, halla expresión en la obra rodoniana
En sus aspectos Públicos, como Periodista y Parlamentaria patriota:
“en medio de tantas tribulaciones, vamos adelante aun en lo político y administrativo, y veo tanta vitalidad y tanta riqueza, y tanta fuerza almacenada en estas tierras bendecidas por la Naturaleza”.
Su Fe, siempre enaltecida y robusta, sarmientina claro, en que
“tengo por cuestión de tiempo el triunfo sobre los resabios del pasado y el predominio definitivo de los hombres de pensamiento sobre los caudillos levantiscos”.
Concepción legalista y organizacional, de elevadas miras, que proscribe la política impulsiva y anárquica, como la del cuyano:
“Me place la literatura que, a su modo, es milicia, pero cuando se trata de luchar por ideas grandes, de educar, de redimir”.
(Carta de Rodó a Miguel de Unamuno, 1904).
Política pedagógica: “Hacer de toda la República una Escuela!”, síntesis sarmientina de la “Educación Popular”.
II.- Las celestiales Fuerzas de la Civilización les han compelido siempre
“con incesante y no siempre estéril afán – señala el oriental en 1909, discurso “A Anatole France”, en “El Mirador…”- a saber, a comprender, a admirar y también a producir”.
“El “Huracán de la Barbarie” no mermó su acción libertaria, su apostolado americanista:
“hemos reconstruido cien veces los fundamentos de cultura arrebatados por el huracán de las discordias”.
Como Don Domingo, Rodó es un “alma volátil” y prefiere “el movimiento continuo” de la vida nómada (carta a J. F. Piquet, 1904). Porque
“vegetar no es para hombres que se estimen. No quiero permanecer estacionario…”.
Recuerda los conceptos similares del Genio Sanjuanino en Yungay, su estancia en esa localidad chilena, en vida matrimonial, anhelando la lucha política, el combate en los diarios, su hambre de polémica, de política. Un ser vigoroso, sanguíneo , brusco.
Sostiene el autor de “Ariel”:
“Todo el que se consagre a propagar y defender, en la América contemporánea, un ideal desinteresado de espíritu –arte, ciencia, moral, sinceridad religiosa, política de ideas- debe educar su voluntad en el culto perseverante del porvenir”.
El uruguayo reivindica el pensamiento sarmientino, pues, de que el Futuro es lo que verdaderamente ha de ocupar al auténtico Estadista, la planificación del Porvenir colectivo, a efecto de que la organización nacional encuentre su
concreción. Una comunión ciudadana de Ética y Política, de “Educación Común”.
III.- A través del ejercicio habitual de la Democracia, la Igualdad Constitucional, la Libertad dentro de un Orden Institucional. Todo artista, todo intelectual, entienden Rodó y Sarmiento, han de dedicarse en plenitud a la “milicia del espíritu”, la “milicia de América”, “obra de acción”; a lo que el segundo concibe como “el Camino del Lacio”, de la preparación para la Vida Republicana.
“Facundo” (1845) y “Ariel” (1900) encarnan respectivamente ese punto de partida de un Americanismo militante, activo, porvenirista. Fijan un Programa, señalan necesidades, prescriben armas para despegar de la inercia colonial e indígena, escribe R.:
“Nuestros pueblos (España por anciana, América por infantil) son perezosos para todo lo que signifique pensar”.
“…trabajaremos mientras nos quede un poco de entusiasmo, estimulándonos recíprocamente los que formamos la minoría más o menos pensadora”.
Como Domingo en sus polémicas chilenas de 1841-42, Rodó desecha la “literatura de abalorios” y declara su preferencia por la “de ideas”, romántico-social. Literatura fragmentaria, intuitiva, una metafísica axiológica, no particularmente sistemática, preside su filosofía de la acción, su Pragmática y su Ética, su “Idealismo normativo”:
“Sé en qué consiste el Bien y cómo realizarlo”.
sostiene el autor de “Argirópolis”. Profesan ambos la Religión del “Bien Absoluto”. Su “Arielismo” difunde la propaganda de la Educación y de las Ideas de Moralidad y Civismo.
Rodó concibe el símbolo de Ariel en 1900 y el de Proteo en 1909, el ideal ético-estético enfrentado a Calibán, el tormentoso bárbaro..
Este último alegoriza el cambio incesante e inevitable. Y el Individualismo como base, su anhelo de plenitud y perfección de la Personalidad (“Liberalismo y Jacobinismo” 1906). Su potente ansia de Heroísmo, conciencia soberana de su “Misión Histórica” y de su “Representatividad” (Carlyle-Emerson).
En “El Mirador de Próspero” de 1913 Rodó encuentra en el Héroe la calidad superior de “Iluminado de la Acción”, la “fuerza portentosa”, “la palabra que avasalla”.
El relámpago del Profeta del Zonda, el mensaje redentorista del Maestro de Montevideo. Gabriela Mistral reconoce en éste, “el primer maestro de nuestra América, el noble J. E. Rodó” (“Lecturas para mujeres”, 1923).
IV.- Seres elevados en sus metas y medios de actuación que según se define el oriental en “El mirador…”,
“llevamos dentro del alma un fondo más o menos consciente, de protesta, de descontento, de inadaptación, contra tanta injusticia brutal, contra tanta hipócrita mentira…”.
Para el sanjuanino la Escuela asciende como base de la Prosperidad y de la República, según el ejemplo político norteamericano. Para Rodó, el ejercicio de una Democracia calificada puede levantar de la Barbarie y la miseria espiritual y material a los pueblos de Latinoamérica.
Ambos pensadores figuran como nuestros Prósperos latinos, en semejanza ilustre con el maestro venerable de Shakespeare, personaje de su “The Tempest”, ‘romance tardío’, de 1611, considerado como el testamento del gran escritor británico. Ariel es representado en el bronce que presidía las reuniones del sabio con sus discípulos.
Reconocen en la Educación y la Cultura la base sustentable del avance americano. La instrucción Popular prepara la República, la existencia de ciudadanos libres y responsables para integrar una vida comunitaria.
S. y Rodó han rendido su vida en holocausto por las banderas mencionadas. Sus actos y palabras tienen “la virtud comunicativa, el irresistible poder de sugestión”.
Hombres superiores más por su “intento” (según la terminología usada por A. W. Bunkley en su “Sarmiento sin paralelo”, en Boletín nº 1, Instituto Sarmiento de Sociología e Historia, 1953) es decir por sus planes e ideas, que por su “extento” (las circunstancias, duras, difíciles, que permitieron su concreción).
Transformaron la idea de la escuela común americana en sentimiento, la realizaron en conducta y la propagaron en ejemplo, según R. escribe en su “Liberalismo…”, cap. V: ‘La personalidad en los reformadores morales’.
Suscitaron una pasión, una fe que se renueva en las sucesivas generaciones, cualidad capital del Reformador.
Combate Libertador, el de S. y R., ha consistido en pro de “la Civilización”, “por la elevación moral e intelectual de nuestra América”.
Afirmamos el concepto sacramental de la Educación y la Escuela que ambos prohombres han profesado en todo momento.
El Magisterio entendido como un sacerdocio laico, público. Un oficio sacro.
El Saber, un Sacramento administrado al ignorante, al “párvulo”, para alejar a la hidra temible, la Barbarie omnipresente, a Calibán, torpeza y mediocridad según el símbolo shakespeareano.
Comienza solemnemente “Ariel”:
“Pienso que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos (&hellip
es un género de oratoria sagrada”.
“Movimiento y Luz”. Esperanza y entusiasmo guían estos ideales eternos.
Sus mensajes llevan energía y fecundidad en su vibración:
“la fe en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo humano”.
El interés supremo se encuentra en la Educación Popular: allí reside la preciosa fuente de la igualdad y de la diferencia
“donde está la primera y más generosa manifestación de la equidad social, que consagra para todos la accesibilidad del saber y de los medios más eficaces de superioridad”.
Los pueblos progresan en humanidad si se desenvuelven estas condiciones, estos factores de perfeccionamiento que el Estado debe garantizar.
V.- Para Sarmiento el conocimiento personal de los Estados Unidos y la influencia de amistades yanquis y lecturas ricas, significó una gran Revelación para su pensamiento y sus proyectos de Hombre Público. Así lo leemos en su cuantiosa correspondencia, en sus “Viajes”, de 1849. Pero también como Europa, le causó impresión negativa muchos defectos de esa civilización.
Sus visitas de 1847 y luego de 1865 fueron confirmación de lo sabido, pero asimismo advertencia en muchos casos. En gran parte son los errores de la “civilización yanquee” que señala Rodó en su “Ariel”: la desmesura utilitaria y materialista, la “moral burguesa”., de la mediocre Prudencia de Franklin.
Para Sarmiento, “el proteico bostoniano” (1706-1790), simboliza el Dios de la Modernidad, del Ahorro y el Trabajo, “capitalista”.
En su artículo “El nuevo Ariel” (1914), Rodó recuerda la referencia de Sarmiento a la era “cartaginesa”, cuando alude al aspecto exclusivamente utilitario de la “Civilización”, “la preeminencia absoluta del modelo anglosajón” como criterio ortodoxo para evaluar el progreso de las naciones.
Rodó advierte sobre el peligro inminente del cientificismo y la nivelación cultural. Prefiere un nivel de aristocracia de la cultura, de selección, que opone al espíritu democrático vulgar.
Calibán por sobre Ariel. Acusa el influjo de Ernest Renan y de Hyppolite Taine, de T. Carlyle, Emerson y Nietzsche.
Don Domingo admiraba el avance fabril y educativo de Massachusetts p. ej., y en otros países, el avance de la instrucción popular y la calidad superior de la vida de los ciudadanos en Alemania, en Suiza, en Barcelona, etc.